El histórico constructor y diseñador falleció a los 88 años. Nacido en Chacarita y radicado en Balcarce, convirtió su pasión por los fierros en una vida dedicada a crear autos de competición. Antes de morir dejó escrita una carta para su familia, sus trabajadores, pilotos y todos aquellos que compartieron su historia.

El automovilismo argentino está de luto. Tulio Crespi, uno de los grandes constructores y artesanos de los autos de competición del país, murió a los 88 años, dejando una profunda huella en Balcarce y en varias generaciones vinculadas al deporte motor.

Crespi había nacido en Chacarita, pero encontró en Balcarce el lugar donde construyó buena parte de su historia personal y profesional.

Desde su taller desarrolló chasis, carrocerías y vehículos de competición, convirtiendo su apellido en una referencia dentro del automovilismo nacional.

Su legado continuará a través de sus hijos y de una fábrica que representa décadas de trabajo, innovación y pasión por los motores.

“Me tocó largar mi última carrera”

Antes de morir, Crespi dejó preparada una carta que posteriormente fue difundida por su familia.

El comienzo resume buena parte de su relación con el automovilismo:

“Si están leyendo esto, es porque me tocó largar mi última carrera”.

Crespi pidió expresamente no ser recordado por la enfermedad que atravesó durante la última etapa de su vida, sino por todo lo que pudo construir durante sus 88 años.

“No quiero que me recuerden por cómo me fui, sino por cómo viví. Viví 88 años haciendo exactamente lo que amé. ¿Cuánta gente puede decir eso?”, escribió.

En su despedida recordó sus comienzos, el traslado a Balcarce y el sacrificio que acompañó la construcción de su proyecto.

“Fui creciendo, laburando, aprendiendo de los fierros, y con mucho sacrificio me fui a Balcarce a hacer mi vida y mi historia. Ahí construí todo lo que soñé de pibe”.

“Ustedes fueron mi verdadero campeonato”

Uno de los pasajes más emotivos estuvo dedicado a su familia.

Crespi agradeció que lo acompañaran durante una vida marcada por interminables jornadas de taller y fines de semana en los autódromos.

“Me perdonó las horas en el taller, la grasa en las manos, los domingos en el autódromo en vez de en casa. Sin ustedes, nada de lo que hice hubiera tenido sentido. Ustedes fueron mi verdadero campeonato”, escribió.

También recordó a trabajadores, proveedores y colaboradores con quienes construyó sus autos.

“Cada chasis, cada soldadura, cada pieza hecha a mano lleva el esfuerzo de todos. Nada lo hice solo”.

“Fui un laburante del fierro”

Crespi dedicó además unas palabras a los pilotos que confiaron en sus vehículos y a toda la comunidad del automovilismo.

Agradeció a mecánicos, chapistas, rivales, amigos y a quienes se acercaron durante décadas a aprender o simplemente compartir su pasión.

Y dejó una definición sencilla sobre cómo quería ser recordado:

“Yo nunca me creí más que nadie. Fui un laburante del fierro, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en su trabajo”.

“Sigan haciendo ruido”

Su despedida terminó mirando hacia las nuevas generaciones.

“No estén tristes por mí. Sigan haciendo ruido. Sigan armando autos en talleres chiquitos pensando que pueden ganarle a los grandes, porque yo pude y lo hice”, escribió.

También confirmó que su fábrica continuará en manos de sus hijos: “Queda todo ahí, para que siga girando”.

Y eligió cerrar su última carta con el mismo espíritu que atravesó su vida:

“Gracias por estos ochenta y ocho años de confianza. ¡Viva la vida, vamos que se puede! Gracias, gracias, gracias”.

Tulio Crespi dejó autos, diseños, carreras y una fábrica. Pero también dejó una forma de entender el automovilismo: la del artesano que desde un taller pequeño creyó que podía competir contra los grandes y dedicó su vida a demostrarlo.