Durante años, terminar la secundaria en el interior bonaerense implicó para cientos de jóvenes hacer las valijas y marcharse. En Lobería, esa lógica empezó a quebrarse desde 2020, cuando la educación superior dejó de ser un destino lejano para instalarse en pleno corazón de la comunidad. Con convenios con universidades públicas, inversión local y una fuerte apropiación social, la ciudad construyó un polo educativo que ya transformó la vida de miles de estudiantes.
Para quienes nacían en Lobería, proyectar un futuro profesional solía estar atado a una despedida. Irse a Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata o Tandil era, durante generaciones, casi la única opción para seguir estudiando. Pero en Lobería, de unos 18.000 habitantes, esa historia comenzó a cambiar.
Durante años, distintos gobiernos municipales intentaron amortiguar ese desarraigo con becas y residencias estudiantiles, como la histórica casa del Centro de Estudiantes Universitarios Loberenses en la capital provincial. Sin embargo, el problema de fondo seguía intacto: estudiar significaba irse, y eso tenía un costo económico y emocional cada vez más difícil de afrontar.
El giro comenzó en 2020, cuando el municipio avanzó con un esquema de convenios con la UNMDP, la UNICEN y la UTN, en una estrategia de descentralización que permitió que la formación universitaria pública se instalara en la propia ciudad. Así, Lobería dejó de ser un lugar de partida obligada para convertirse en un nodo educativo.
El nuevo polo funciona en un edificio con fuerte valor simbólico para la comunidad. El espacio, que a comienzos del siglo pasado había sido referencia para los inmigrantes, fue cedido al municipio por sus últimos socios durante la pandemia, con la condición de que siguiera siendo un punto de encuentro para el pueblo. Esa decisión abrió paso a una nueva etapa: la de una universidad pública, gratuita y cercana.
Para Juan Hardoy, director de Juventudes, el mayor logro del proceso fue haber modificado la geografía de las expectativas de los jóvenes. “La decisión fue popularizar el acceso al conocimiento y pensar la universidad como la herramienta para hacerlo. La universidad ya no estaba lejos, ya no era el irse a estudiar, sino que la universidad venía a casa, donde tengo mi vida, donde tengo mi familia, donde tengo mi comunidad”, afirmó.
La construcción del proyecto demandó cinco años y una articulación poco habitual para una localidad de esta escala. El 65 por ciento del financiamiento fue municipal, un 15 por ciento llegó desde la provincia de Buenos Aires a través del programa Puentes, un 5 por ciento correspondió al programa nacional Nodos para equipamiento, y el resto provino de aportes privados locales que permitieron sostener la obra en plena paralización de la obra pública.
El impacto ya se siente en cifras concretas. Según explicó Hardoy, el 97 por ciento de quienes hoy cursan son la primera generación universitaria en sus familias. “Es un orgullo para toda la familia y un desarrollo personal inmenso. Para quienes llevamos adelante el proyecto, es un empujón para hacerlo cada vez más grande, para que sea propio de toda la comunidad y abrir cada vez más puertas”, señaló.
La propuesta académica no fue pensada de manera aislada, sino en función del perfil productivo y social del distrito. En el edificio conviven carreras vinculadas a las ciencias humanas, como la Licenciatura en Psicología y la formación en Enfermería, con otras orientadas a la innovación y la tecnología aplicada al trabajo.
En ese marco, también se puso en marcha un Cluster AgTech, que articula al Estado, al sector privado y a las universidades para vincular la formación con las nuevas demandas del sector productivo. “No traemos carreras al azar; buscamos formación para las potencialidades del distrito. Desde el manejo de drones y maquinaria agrícola con nueva tecnología, hasta inteligencia artificial aplicada al trabajo”, explicó Hardoy.
Esa lógica apunta a construir un círculo virtuoso: que los jóvenes puedan estudiar, capacitarse y también encontrar una salida laboral sin tener que abandonar su lugar de origen. “El sector productivo tiene demandas nuevas y nosotros buscamos crear la oferta para que los jóvenes tengan una buena salida laboral sin moverse de acá”, remarcó el funcionario.
Durante la inauguración del edificio, el intendente Pablo Barrena definió el impacto del proyecto como “inmedible”. La expresión encuentra respaldo en los números: por la universidad local ya pasaron 3.200 personas, actualmente hay 470 ingresantes y casi 150 egresados.
En una comunidad pequeña, el dato tiene una dimensión que excede lo educativo. La universidad en Lobería no solo amplió el acceso al conocimiento: también empezó a revertir años de migración forzada, a fortalecer el arraigo y a convertir la formación superior en una herramienta concreta de desarrollo local.






